El día después del fin del mundo muchos miraban al cielo. Al igual que Wong, pero por diferentes razones, no por las mismas por las que Wong miraba. En la vastedad del cielo, muchos esperaban un reflejo espectacular del cataclismo. Tarde o temprano, las gentes apostadas en los promontorios, en las azoteas, en los miradores marítimos, en lo alto de las gavias, aspiraban a presenciar una catástrofe de luz, aire y agua avanzando por el horizonte hasta barrer por completo la Praia do Madeiro. Podía respirarse cierto ambiente de expectación contenida, como si de un momento a otro la playa entera fuera a explotar en un estallido de gritos y colores ardientes.
Hacía sol. Wong no había salido a la calle, pero podía saberlo por la pequeña rendija de cielo que se colaba por la ventana de su apartamento. Vivía en el bajo de un hotel, rodeado de otros hoteles que se reconvirtieron a viviendas cuando se hicieron demasiado viejos para atraer al turismo. Como camarero a media jornada tenía mucho tiempo y dinero suficiente para sufragar su estilo de vida. Su día libre solía pasarlo sentado en la cama frente a la ventana, aunque desde allí apenas se veían más que las fachadas de los bloques hoteleros que lo rodeaban. Algunos fueron revestidos antaño con una cerámica verde esmeralda que ahora se había desprendido, dejando grandes superficies con el hormigón al descubierto. Los toldos naranjas, clareados y roídos por el sol, permanecían recogidos. En la puerta del complejo, un cartel oxidado anunciaba “Residencial Vistas Vidalmar”, impreso sobre una ilustración que intentaba representar el lugar en plena ebullición vacacional. El guano de las gaviotas habían terminado por deformar el dibujo hasta hacerlo casi irreconocible.
Debería tomar su tabla, ir al Malecón, patinar hasta que le entrara hambre o se sintiera un poco mejor. En la mesilla de noche, esperaba la receta que le extendió “la especialista”. La misma que le recomendó el ejercicio físico o salir más del apartamento, frecuentar personas fuera del trabajo.
“Santa Madonna”- pensó Wong – no debía haber mucha demanda de antidepresivos en Praia do Madeiro. Los hombres de su edad se divertían de lo lindo conociendo a turistas blancas, saliendo con ellas por la noche y enseñándole las maravillas naturales del lugar. No todo conducía necesariamente al sexo. Los extranjeros, por algún exótico prejuicio, se mostraban amables y receptivos como nunca lo eran en sus plúmbeas ciudades del Norte, y muchos lugareños, ricos o pobres, habían hecho de la simpatía un modo de vida. No, no todo conducía al sexo. El ambiente en general era cálido y efervescente, sin tanta droga o prostitución como en otras zonas de la costa brasileña. Lo que aquí se ponía en funcionamiento era simplemente el gusto por las personas.
Pero después de doce años trabajando en el Harbour Plaza de Hong Kong, sirviendo cocktails seis días por semana en el turno de noche, Wong había comprendido algunos secretos que comprometían seriamente su fe en la raza humana. Al atardecer, en el ambiente tenue y elegante de los espejos, los hombres y mujeres de negocios se diseminaban por un amplio espacio de mesas, lo más lejos posible unos de otros. Habían pasado el día muriendo de éxito y solo buscaban disolverse en un vaso de alcohol, quitarse la máscara y derrumbarse sigilosamente, sus biorritmos deshechos por el jet lag, el estrés haciendo latir su sienes, la presión, los vicios inenarrables pidiendo el diezmo, las depravaciones acumuladas tras miles de kilómetros de rodaje por lujosos hotel-club como el de Wong, ya desdibujada cualquier posibilidad de hogar y por tanto cualquier posibilidad de sentirse humano. Allí era donde Wong se había pasado la media vida agitando la coctelera, hasta que le echaron, sin sentirse excesivamente diferente a cuanto le rodeaba. Solitario, sin mucho que aportar al disfrute social y humano, en perpetuo estado de transitoriedad, al igual que sus clientes. Que nada sórdido se escondiera tras el cordial modo de comportarse en Praia do Madeiro, en fin, no era algo que Wong estuviera preparado para comprender a la primera.
Pues claro a que Wong le parecía razonable, perfectamente. Ella era, ¿señora o señorita? Ninguna de las dos cosas, en la consulta se dirigiría a ella por su nombre de pila y utilizando el tiempo verbal de cortesía. Wong le agradecía la apreciación, aún no dominaba bien el portugués, ella se hacía cargo, aunque consideraba su portugués excelente, sobre todo teniendo en cuenta los poco tiempo que Wong llevaba en Praia do Madeiro tras su acelerada salida de Hong Kong ¿Desde cuánto tiempo decía exactamente?
La piel de “la especialista”, iluminada a rayas por el sol que se colaba entre las lamas de la persiana, tenía el tono dorado de la crema de caramelo. Sus ojos transparentes y sus pómulos pecosos, y esa camisa blanca, con algunos collares discretos de baratijo colgando de su cuello, le daban un aspecto de edad detenida, como tantos otros blancos de por allí, prejubilados de oro. Sí, ella era norteamericana, licenciada hacía muchos años por la universidad de Brown, Providence, una larga historia. Y no, no lo echaba de menos, pero hablemos de usted, señor Wong. ¿Fue traumático el despido? ¿Piensa con frecuencia en su culpabilidad? ¿Piensa que algún cambio en su forma de ser podría mejorar su adaptación, aquí, en Praia do Madeiro?
Una consulta simpática, luminosa y rebosante de pequeños detalles, objetos y fotografías que nada tenían que ver con la psiquiatría. Una consulta llena de personalidad; justo lo contrario de lo que debería ser, pensó Wong. Quizás la especialista adivinara la censura en sus ojos y de ahí que lo despachara con tanta rapidez, con un puñado de consejos tópicos y una receta de Besitran de sesenta miligramos.
Lo que entonces Wong no supo responderle, se le había ocurrido ahora, casi una semana después, sentado en la cama, en su día libre. Marcó su número de teléfono, que sonó durante unos segundos hasta que saltó el buzón de voz. Wong se escuchó a sí mismo decir:
- Nunca pienso en ello. No lo revivo, ni trato de cambiar lo que hice aunque solo sea en mi imaginación. Fui despedido, eso es todo. Ahora estoy aquí. Acepto mi caída porque jamás me ha importando mi ascenso, o toda mi vida, quién sabe. No es nada dramático.
Luego hizo algo que nunca había hecho. Se levanto de la cama y se colocó frente a la ventana, con los brazos estirados y pegados al cuerpo, las piernas juntas, la cabeza al frente. Sus pies formaban un perfecto ángulo recto con la pared. A lo mejor la psiquiatra estaba en una de esas fiestas al aire libre, preparando su Reflex para capturar la mejor imagen del fin del mundo. Allí, con cualquier excusa, se organizaba una fiesta. Quizás, si fuera a dar un paseo con su tabla por el malecón, la reconocería en alguna fogata, a lo lejos, envuelta en el humo del pescado. O podría quedarse aquí, muy quieto, hasta que le dolieran los músculos. Entonces sufriría, y ella sería la culpable. Por un momento, a Wong le estimuló la idea de autoinflinguirse dolor como venganza.
Podría sobrevivir. Solo que desde que había llegado a Praia do Madeiro había comenzado a reflexionar sobre la propia palabra sobrevivir. De donde él venía, nadie esperaba más que salvarse del hundimiento total, y eso bastaba para sentirse afortunado frente a otros hombres, otras desgracias, otras suertes. Pero aquí la felicidad era tan estable… era una temperatura, un ambiente, se había instalado como una gran bolsa de aire, quieta y reconfortante, que golpeaba el rostro de Wong no más salía de la puerta de su casa por las mañanas.
Sabía que podía seguir adelante. Llevar la vida hasta su término. Soportar la carga. Había nacido y había sido educado para ello. Pero ese lugar le exigía algo… algo que jamás había imaginado que la vida pudiera exigirle.


