Elespigado

Colorines

Enero 16, 2008 · 1 comentario

El día después del fin del mundo muchos miraban al cielo. Al igual que Wong, pero por diferentes razones, no por las mismas por las que Wong miraba. En la vastedad del cielo, muchos esperaban un reflejo espectacular del cataclismo. Tarde o temprano, las gentes apostadas en los promontorios, en las azoteas, en los miradores marítimos, en lo alto de las gavias, aspiraban a presenciar una catástrofe de luz, aire y agua avanzando por el horizonte hasta barrer por completo la Praia do Madeiro. Podía respirarse cierto ambiente de expectación contenida, como si de un momento a otro la playa entera fuera a explotar en un estallido de gritos y colores ardientes.

Hacía sol. Wong no había salido a la calle, pero podía saberlo por la pequeña rendija de cielo que se colaba por la ventana de su apartamento. Vivía en el bajo de un hotel, rodeado de otros hoteles que se reconvirtieron a viviendas cuando se hicieron demasiado viejos para atraer al turismo. Como camarero a media jornada tenía mucho tiempo y dinero suficiente para sufragar su estilo de vida. Su día libre solía pasarlo sentado en la cama frente a la ventana, aunque desde allí apenas se veían más que las fachadas de los bloques hoteleros que lo rodeaban. Algunos fueron revestidos antaño con una cerámica verde esmeralda que ahora se había desprendido, dejando grandes superficies con el hormigón al descubierto. Los toldos naranjas, clareados y roídos por el sol, permanecían recogidos. En la puerta del complejo, un cartel oxidado anunciaba “Residencial Vistas Vidalmar”, impreso sobre una ilustración que intentaba representar el lugar en plena ebullición vacacional. El guano de las gaviotas habían terminado por deformar el dibujo hasta hacerlo casi irreconocible.

Debería tomar su tabla, ir al Malecón, patinar hasta que le entrara hambre o se sintiera un poco mejor. En la mesilla de noche, esperaba la receta que le extendió “la especialista”. La misma que le recomendó el ejercicio físico o salir más del apartamento, frecuentar personas fuera del trabajo.

“Santa Madonna”- pensó Wong – no debía haber mucha demanda de antidepresivos en Praia do Madeiro. Los hombres de su edad se divertían de lo lindo conociendo a turistas blancas, saliendo con ellas por la noche y enseñándole las maravillas naturales del lugar. No todo conducía necesariamente al sexo. Los extranjeros, por algún exótico prejuicio, se mostraban amables y receptivos como nunca lo eran en sus plúmbeas ciudades del Norte, y muchos lugareños, ricos o pobres, habían hecho de la simpatía un modo de vida. No, no todo conducía al sexo. El ambiente en general era cálido y efervescente, sin tanta droga o prostitución como en otras zonas de la costa brasileña. Lo que aquí se ponía en funcionamiento era simplemente el gusto por las personas.

Pero después de doce años trabajando en el Harbour Plaza de Hong Kong, sirviendo cocktails seis días por semana en el turno de noche, Wong había comprendido algunos secretos que comprometían seriamente su fe en la raza humana. Al atardecer, en el ambiente tenue y elegante de los espejos, los hombres y mujeres de negocios se diseminaban por un amplio espacio de mesas, lo más lejos posible unos de otros. Habían pasado el día muriendo de éxito y solo buscaban disolverse en un vaso de alcohol, quitarse la máscara y derrumbarse sigilosamente, sus biorritmos deshechos por el jet lag, el estrés haciendo latir su sienes, la presión, los vicios inenarrables pidiendo el diezmo, las depravaciones acumuladas tras miles de kilómetros de rodaje por lujosos hotel-club como el de Wong, ya desdibujada cualquier posibilidad de hogar y por tanto cualquier posibilidad de sentirse humano. Allí era donde Wong se había pasado la media vida agitando la coctelera, hasta que le echaron, sin sentirse excesivamente diferente a cuanto le rodeaba. Solitario, sin mucho que aportar al disfrute social y humano, en perpetuo estado de transitoriedad, al igual que sus clientes. Que nada sórdido se escondiera tras el cordial modo de comportarse en Praia do Madeiro, en fin, no era algo que Wong estuviera preparado para comprender a la primera.

Pues claro a que Wong le parecía razonable, perfectamente. Ella era, ¿señora o señorita? Ninguna de las dos cosas, en la consulta se dirigiría a ella por su nombre de pila y utilizando el tiempo verbal de cortesía. Wong le agradecía la apreciación, aún no dominaba bien el portugués, ella se hacía cargo, aunque consideraba su portugués excelente, sobre todo teniendo en cuenta los poco tiempo que Wong llevaba en Praia do Madeiro tras su acelerada salida de Hong Kong ¿Desde cuánto tiempo decía exactamente?

La piel de “la especialista”, iluminada a rayas por el sol que se colaba entre las lamas de la persiana, tenía el tono dorado de la crema de caramelo. Sus ojos transparentes y sus pómulos pecosos, y esa camisa blanca, con algunos collares discretos de baratijo colgando de su cuello, le daban un aspecto de edad detenida, como tantos otros blancos de por allí, prejubilados de oro. Sí, ella era norteamericana, licenciada hacía muchos años por la universidad de Brown, Providence, una larga historia. Y no, no lo echaba de menos, pero hablemos de usted, señor Wong. ¿Fue traumático el despido? ¿Piensa con frecuencia en su culpabilidad? ¿Piensa que algún cambio en su forma de ser podría mejorar su adaptación, aquí, en Praia do Madeiro?

Una consulta simpática, luminosa y rebosante de pequeños detalles, objetos y fotografías que nada tenían que ver con la psiquiatría. Una consulta llena de personalidad; justo lo contrario de lo que debería ser, pensó Wong. Quizás la especialista adivinara la censura en sus ojos y de ahí que lo despachara con tanta rapidez, con un puñado de consejos tópicos y una receta de Besitran de sesenta miligramos.

Lo que entonces Wong no supo responderle, se le había ocurrido ahora, casi una semana después, sentado en la cama, en su día libre. Marcó su número de teléfono, que sonó durante unos segundos hasta que saltó el buzón de voz. Wong se escuchó a sí mismo decir:

- Nunca pienso en ello. No lo revivo, ni trato de cambiar lo que hice aunque solo sea en mi imaginación. Fui despedido, eso es todo. Ahora estoy aquí. Acepto mi caída porque jamás me ha importando mi ascenso, o toda mi vida, quién sabe. No es nada dramático.

Luego hizo algo que nunca había hecho. Se levanto de la cama y se colocó frente a la ventana, con los brazos estirados y pegados al cuerpo, las piernas juntas, la cabeza al frente. Sus pies formaban un perfecto ángulo recto con la pared. A lo mejor la psiquiatra estaba en una de esas fiestas al aire libre, preparando su Reflex para capturar la mejor imagen del fin del mundo. Allí, con cualquier excusa, se organizaba una fiesta. Quizás, si fuera a dar un paseo con su tabla por el malecón, la reconocería en alguna fogata, a lo lejos, envuelta en el humo del pescado. O podría quedarse aquí, muy quieto, hasta que le dolieran los músculos. Entonces sufriría, y ella sería la culpable. Por un momento, a Wong le estimuló la idea de autoinflinguirse dolor como venganza.

Podría sobrevivir. Solo que desde que había llegado a Praia do Madeiro había comenzado a reflexionar sobre la propia palabra sobrevivir. De donde él venía, nadie esperaba más que salvarse del hundimiento total, y eso bastaba para sentirse afortunado frente a otros hombres, otras desgracias, otras suertes. Pero aquí la felicidad era tan estable… era una temperatura, un ambiente, se había instalado como una gran bolsa de aire, quieta y reconfortante, que golpeaba el rostro de Wong no más salía de la puerta de su casa por las mañanas.

Sabía que podía seguir adelante. Llevar la vida hasta su término. Soportar la carga. Había nacido y había sido educado para ello. Pero ese lugar le exigía algo… algo que jamás había imaginado que la vida pudiera exigirle.

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Afterpop y la muerte del intelectual

Enero 13, 2008 · 6 comentarios

Afterpop

Eloy Fernández Porta

Ed. Berenice, 2007

Hace ya más de cuarenta años, el semiólogo italiano Umberto Eco publicó un ensayo cuyo título acabó por

dar nombre a dos facciones enfrentadas en el entonces incipiente debate sobre alta cultura y cultura popular. Apocalípticos e integrados (así se llamaba) trataba de desenmascarar las falacias críticas de los que, por una parte, veían en la cultura de masas una anticultura que amenazaba con eclipsar al verdadero arte, necesariamente elitista (apocalípticos); y por la otra, los que celebraban la bonanza expansiva de la cultura popular sin reparar en sus efectos empobrecedores y mercantilistas (integrados). Mucho ha llovido desde 1965, y a día de hoy países como EEUU ya han desarrollado potentes corrientes críticas y académicas que analizan la cultura de masas de forma indistinguible de la cultura en general, superando así la burda polarización. Desgraciadamente, no es el caso de España, tal y como se esfuerza en demostrar Afterpop.

Afterpop comienza como un furioso alegato contra la crítica literaria nacional y su discapacidad para romper la telaraña high brow que le impide juzgar con coherencia el sistema cultural contemporáneo. Como receta inmediata, Eloy Fernández Porta ofrece una batería de análisis donde la distinción entre alta y baja cultura, cultura elitista o cultura de masas, acaba completamente pulverizada, extrayendo así significado teórico de cualquier manifestación, sea cual sea su nivel de complejidad, exclusividad, intencionalidad, difusión, etc. Como es lógico, le interesa más centrarse en aquellos territorios marginados por la crítica tradicional, de los que solo algunos son literarios, pues se trata en parte de proclamar un nuevo sistema interconectado, sin regiones encerradas en sí mismas o a salvo de la influencia mediática.

Por fortuna y por desgracia, la suma de estos análisis está lejos de cumplir con el programa de contenidos que Eloy Fernández Porta nos anuncia en la introducción. La desgracia será para los que pretendan la lectura legítima del libro como un ensayo al uso; reflexiones muy potentes y capítulos brillantes conviven con desesperantes papillas de referencias que acaban diseminando el sentido general de la obra; teorías luminosas se entremezclan con asociaciones libérrimas, cuando no derivan en desbocadas críticas que más parecen valer a una satisfacción sádica del autor que a los intereses razonables de la argumentación. Y si a esto le sumamos el grado de irreverencia con que F.Porta se permite los registros más vulgares, las bromas de alto voltaje, las gamberradas teórico-críticas y demás caprichosas intrusiones de su personalidad literaria, entenderemos por qué Afterpop reúne tan valiosos requisitos para repugnar a un amplio sector de la población lectora.

Pero más allá de cuestiones ortodoxas, Afterpop revela un innovador estilo de pensamiento que hay que atribuir legítimamente a su autor, Eloy Fernández Porta. Nacido en 1974, profesor de la Pompeu Fabra y autor de ficción, Fernández Porta se revela como un nuevo tipo de pensador cuasi inédito en el panorama crítico nacional. Interesa y mucho entender hasta qué punto escritores como él están llamados a dominar el futuro de la crítica cultural en el Siglo XXI.

En el mes de octubre del pasado 2007, José Vidal Beneyto publicó una serie de artículos en el periódico El País, que tituló “El último intelectual”. En ellos aclaraba el origen, significado y razón de ser de los intelectuales, que venían a ser “los agentes/actores que a título personal se inscriben en una crítica de la realidad, hecha con y desde la escritura, hoy también de la imagen, que apunta al desvelamiento de la mentira y al mantenimiento de la verdad pública, a instituir la justicia en valor fundamental, a combatir la opresión y los abusos, a promover la solidaridad con los de abajo”. Seguidamente, el escritor hablaba de la desaparición de los últimos grandes intelectuales y la pauperización de esa figura en el último tramo de la modernidad. El intelectual, destinado a calibrar la vida político-cultural de su país, hoy se ve sumido en una crisis completa, tal y como están dispuestos a asumir los propios aludidos como Beneyto.

Durante los últimos cuarenta años, el intelectual ha marcado un estilo de análisis, acercamiento y crítica cultural eminentemente sociológica y politizada. Desde su pretensión interventora debía establecer un riguroso perfil de sí mismo, revestirse de una trascendentalidad visible a los ojos de la sociedad. El rol no solo caló en los importantes; todos los agentes culturales de una generación se han visto más o menos influenciados por esta escuela de protocolo, caracterizada por la tremenda importancia que se autoasigna como impulsora del cambio social.

El intelectual, que ya nació elitista en el aspecto cultural (recordemos a Sartre), ha venido manteniendo la misma relación ambigua con las masas durante los últimos cuarenta años. Si bien su ideario reclamaba una visión igualitaria del ser humano, de modo subrepticio asumía para sí una misión nietzscheana que le otorgaba el mando legítimo sobre el ideario colectivo. Fruto de ese talante aristócrata surgen análisis sobre la masa impregnados de distanciamiento con el objeto de estudio. Desde Ortega y Gasset a Umberto Eco, la cultura de masas se dibuja como un objeto exterior al investigador, quien se adentra en ella como un explorador de un territorio ajeno y extraño a él. No es casualidad que la caricatura más común del intelectual sea la de un individuo adepto a las manifestaciones culturales más estrafalarias, mostrando un distanciamiento y extrañamiento snob hacia todo el midcult y masscult. Muchos críticos/ analistas/ escritores/ tertulianos han convertido esta actitud en una especie de símbolo de adscripción de clase, un modo de pertenencia a la aristocracia subrepticia del intelectual. Y ese es el contexto contra el que viene a estrellarse Afterpop.

Si como dice José Luís Brea, hay que rescatar la lógica del reconocimiento del arte de su secuestro a manos de la institución existente, Eloy Fernández Porta consigue algo quizás más insospechado; rescatar no tanto la cultura de la que trata, sino el propio estrado desde el que lo hace; comportándose, escribiendo y definiendo su papel crítico de forma radicalmente nueva, contestando así al establishment cultural dominado por los intelectuales desde hace más de medio siglo. Y toda esa irreverencia y libertinaje ensayístico al que nos hemos referido antes no hace sino confirmar una posición autoparódica con que deslegitima conscientemente la propia trascendencia del discurso, en contraposición a la relación adictiva del intelectual con la posteridad. El nuevo crítico ha abandonado los viejos prejuicios para armonizar con el consumidor, quien se revela indiferente al programa obsoleto de la élite cultural. En un tiempo en el que las Humanidades han perdido cualquier peso en la construcción del mundo, en el que se vacían los teatros y la Teoría viaja por toneladas hacia el basurero, Afterpop parece una acertada forma de comprender cómo hay que explicar la cultura en el Siglo XXI. El intelectual ha muerto; y todos somos masa.

En la foto: Eloy Fernández Porta

Fuente: www.duendemad.com

* Este artículo pertenece a Afterpost. En caso de cita, por favor, especifique la URL de Afterpost: http://afterpost.wordpress.com/

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Carta al director

Diciembre 18, 2007 · 1 comentario

Estimado Señor Director:

Me dirijo una vez más a usted con la única esperanza de que el pelagatos que tienen por encargado del correo afloje de una vez el sabotaje sistemático al que me tiene sometido, y permita la vital comunicación entre su periódico y mi persona. Comprenderá que, al margen de todo el escepticismo que pueda yo albergar hacia la decencia de semejante sujeto, no voy a renunciar a mi libre derecho de expresión, solo porque un mindundi de tres al cuarto sea incapaz de ponerse a la altura de mis conocimientos. Un derecho (nunca me cansaré de recordárselo) abalado por mi fidelidad como escrupuloso lector de su periódico desde 1977, sin que un solo día haya yo faltado a ese deber, aunque mucho me temo que más por un sentido de lealtad personal que por las satisfacciones que su publicación últimamente me proporciona.

Pero no quiero extenderme con lamentos sino llamarle la atención por un asunto que resulta de extrema gravedad. Muy de buena mañana he bajado a comprar su periódico a mi quiosco de confianza, y esperaba encontrarme una edición histórica, dada la magnitud de la situación que vivimos desde ayer. Inocente de mí, daba por hecho que, el día después del fin del mundo, un periódico supuestamente tan prestigioso ofrecería al lector un amplio panorama de artículos, columnas de opinión, gráficos explicativos, fotografías en color, suplementos, entrevistas a personalidades destacadas, análisis de expertos mundiales, y en definitiva, todo un conjunto informativo para dar buena cuenta del escenario mundial tras las pasadas horas cruciales. Y cuál sería mi sorpresa cuando miro la primera página y no encuentro ni un solo encabezado, NI UNA SOLA referencia al tema, NI UN SOLO titular, NI UNA SOLA fotografía. NADA.

Señor mío, no soy del todo inocente respecto a las prioridades informativas de su periódico. Hubiera tolerado que la noticia de política internacional se hubiera visto desplazada por alguna otra, digamos, de más calado popular, tal que una victoria de la selección futbolística o el deceso de alguna tonadillera, por poner dos ejemplos que tocan nuestra fibra. Pero es que ni en las primeras treinta y cinco páginas encuentro la más mínima mención, y hay que llegarse hasta la sección de Sociedad para encontrar un breve que, haciendo honor a su nombre, no hace más que repetir las cuatro tonterías sobre el fin del mundo que todos ya conocemos. La verdad, para semejante chuminada bien hubiera podido ahorrarme los 75 céntimos que vale su periódico, que tampoco me faltan, dicho sea de paso.

¿Es qué pretenden hacernos creer que no ha pasado nada? ¿Dónde están los muertos, las inundaciones, los huracanes, las epidemias, los bombardeos, los tanques, las nubes radioactivas, las invasiones extraterrestres, la lluvia de meteoritos, los tsunamis, los éxodos masivos, los saqueos, las violaciones, los asesinatos en masa, el caos, la destrucción, las masacres…? ¿Y Dios, dónde se ha metido? Creo hablar en nombre de todos los lectores si digo que este fin del mundo está resultando de lo más decepcionante. Los que hemos vivido una guerra sabemos que la verdad es la primera víctima, pero nunca hubiera imaginado que ustedes serían los más rápidos en traicionarnos para ponerse al servicio de quién sabe qué intereses ocultos que ni siquiera alcanzo a imaginar. Y no se crean que me voy a quedar de brazos cruzados: he de avisarles que desde ayer mi grupo de radioaficionados andamos rastreando las emisoras del cuerpo de bomberos y no tardaremos en dar con el quid de la cuestión. Así que cuando destapemos la engañifa y dejemos su periódico a la altura del betún, no me llore con que no les avisamos.

Pero ambos coincidiremos, Señor Director, en que algo semejante resultaría tan perjudicial para su reputación como doloroso para los cientos de miles de lectores que confían en ustedes, entre los que yo orgullosamente me cuento desde 1977. Aun secundando punto por punto lo dicho hasta ahora, ante todo me tengo por caballero, y no se me caen los anillos por ofrecerles una salida honorable a esta penoso embrollo en el que ustedes mismos se han metido. Si por alguna razón fuera realmente cierto que el día del fin del mundo no pasó nada; y si, en el hipotético y muy hipotético caso de que a lo largo del día de hoy nada sucediera, y nada hubiere de suceder, puedo ofrecerles gratuitamente una primicia que salvaría su prestigio a nivel internacional.

Y es que mañana, HE DECIDIDO QUE NO VOY A TRABAJAR. Ya lo he consultado con mi mujer y ella consiente, así que podemos darlo por cosa hecha. Pero antes de que ese censor de pacotilla que tienen abriendo sobres haga alguna sandez, espero que pondere convenientemente lo que estoy dispuesto a regalarles. Ante la ausencia total de reacción mundial, yo les ofrezco LA PRIMERA REACCIÓN AL FIN DEL MUNDO. Esta decisión mía de no ir a trabajar, en principio sin gran relevancia de tipo histórico, bien podría marcar una efemérides que inspiraría a otros muchos, generando así la necesaria propagación del caos y barbarie que clama un fin del mundo como Dios manda.

Pero nada de esto podrá lograrse si su periódico elude una vez más su inapelable deber para dar a conocer a mis semejantes tal gesto pionero. Personalmente yo había pensado en el siguiente titular: “DON WALTER SERRALLOS BIEDMA NO ACUDIRÁ HOY A TRABAJAR”, acompañado de una foto de un servidor (puedo proporcionarla, las tengo muchas y muy buenas en el reciente funeral de mi tío), y un artículo de fondo que yo mismo soy capaz de apañar en cuanto me levante de la siesta. Aunque, bien pensado, quizás lo mejor sería inclinarse por algo más impersonal, algo como: “LA PRIMERA REACCIÓN”, un encabezado que, al eludir la referencia a un individuo concreto, dotaría la noticia de un talante más universal, mucho más apropiado si lo que queremos realmente es hacer Historia.

En fin, Señor Director, solo me queda felicitarle por anticipado; estoy seguro de que sabrá tomar la decisión más correcta para su periódico. Huelga decir que como lector devoto desde 1977, todo los honores que recaigan sobre mi persona serán secretamente compartidos tanto con usted como con todo los que se esfuerzan por llevar a cabo la encomiable labor periodística, de la que yo disfruto cada día deleitosamente (excepto tú, pedazo de cantamañanas lamedor de sobres, a ti te la tengo jurada). En fin, ya no queda más que despedirme y hacerlo con todo el aliento del dicho popular: ¡Manos a la obra!

Atentamente

Don Walter Serrallos Biedma.

P.D: el balón de playa que adjuntaron con el extra de verano me vino pinchado. ¿Contemplan alguna política de reponer de los defectuosos?

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Debris

Diciembre 11, 2007 · 2 comentarios

En la estación espacial internacional hay un ventanuco en forma de ojo de de buey, desde el que George solía filmar y hacer fotografías de la Tierra como parte del programa y también por diversión, hasta que falleció repentinamente a causa de una embolia cerebral. Él y Sunita Kovalenok habían sido destinados a pasar cuatrocientos veinte días en la ISS, llevando a cabo diversos experimentos comerciales y preparando la estación para el ensamblaje de un nuevo módulo. Pero ahora George había muerto y aún faltaba mucho tiempo para el regreso de la Soyuz. Sunita se había quedado completamente sola.

El día después del fin del mundo, Sunita se despertó con un crucifijo de oro flotando a escasos centímetros de su rostro. La cruz se hallaba completamente inmóvil, lanzando su destello dorado bajo la luz cruda del habitáculo de vivienda. Amarrada a su catre, Sunita se quedó mirándola fijamente, durante varios minutos, aún cuando su cerebro dormido era incapaz de reaccionar, de pensar cualquier cosa, incluso de orientarse para identificar correctamente el lugar donde se había despertado en los últimos seis meses. Mientras ese crucifijo pendía sobre su cabeza, en su subconsciente todavía afloraban sensaciones del Stolbishchi natal que había visitado en sus sueños. Allí estaban su madre y su hijo, un día de misa.

Ahora George ya no fotografiaría Stolbishchi desde el ojo de buey, tal y como le había prometido. Ya hacía tres días que Sunita había preparado y precintado su cadáver, acomodándolo en un compartimento de un laboratorio inutilizado. Desde entonces el lugar parecía irradiar una energía extraña, si se puede decir así. No pasaba un minuto en la estación sin que, estuviera donde estuviera, notara su presencia y lo imaginara tras las capas de plástico, descomponiéndose lentamente. Sunita había llegado a sentirlo como un miembro más de su propio cuerpo, una parte muerta de la que no podía desprenderse.

Nadie habló de deshacerse del cadáver. Era la mejor astronauta de su generación; su foto había sido difundida en los medios de comunicación, haciéndola una persona relativamente popular en Rusia. Embutida en su traje espacial, con el casco debajo del brazo, representaba la imagen perfecta del oficial de élite dispuesto a cumplir cualquier orden. No se esperaba de Sunita Kovalenok algo semejante.

Ya se hallaba completamente despejada cuando decidió tomarse unos minutos ante el crucifijo. Hacia tanto tiempo que no pensaba en sí misma que ni siquiera se había dado cuenta del olor que desprendía. Olía igual que su madre los últimos años de su vida. Alguien que no se mueve apenas, y que pasa los días transitando un pequeño pedazo de espacio y raramente se lava, no suda mucho, pero su piel va acumulando grasa y sustancias que acaban generando un profundo aroma a rancio. El cuerpo de Sunita había palidecido y sus músculos, debilitados tras tanto tiempo en gravedad cero, colgaban flácidos y delgados bajo su ropa interior. Conocía las instrucciones y sabía lo que tenía que hacer, pero nada de eso tenía que ver con su propio cuerpo, ni con sus treinta y ocho años y ni con todas las arrugas que la vida le había ido depositando.

¿Quién se ocuparía convenientemente de Sunita? Podría hacerlo ella misma, de no ser algo tan fulminante como lo de George, o si no acabaría dando tumbos contra las paredes de los módulos hasta engancharse con algún cable. Allí abajo, en la tierra, se tomaban mucho trabajo con los cadáveres; hasta los sujetos más descastados eran trasladados de una institución a otra hasta acabar en una fosa sin nombre. Todavía recordaba los penosos preparativos del funeral de su madre, y el ambiente de la iglesia, la misma donde se empeñaba en llevar a su nieto cada vez que ambos iban a visitarla a Stolbishchi. Fue también ella la que le regaló la cruz de oro que ahora flotaba a escasos centímetros de su cabeza, y que nunca tuvo la menor espiritualidad para Sunita, ni siquiera ahora que la tenía enfrente, después de tanto tiempo colgada de su cuerpo, como tantos otros abalorios de los que nos olvidamos. A decir verdad, nunca se había sentido más lejos de Dios. No era Él quien la mantenía allí arriba con vida, sino los módulos de soporte vital; si las máquinas dejaban de hacer su trabajo, la vida de Sunita se apagaría como la de cualquier enfermo enchufado a la respiración asistida.

Ojalá George hubiera conseguido esa fotografía. A lo mejor hubiera podido adivinar Stolbishchi entre los campos, imaginar el campanario de su iglesia acercándose al ojo de buey más que ningún otro punto de la población, como un gigantesco dedo que apuntara hacia ella. Todavía recordaba un cuento de su hijo en el que un barón descendía en globo desde la Luna ¿No podría ella dejarse caer por la cuerda del badajo hasta posar los pies en la iglesia de Stolbishchi? Por un momento sintió ganas de tirarse de los pelos, de hundirse los pulgares hasta reventarse los ojos. Aquel catre lleno de correas se parecía tanto a la cama de un psiquiátrico que Sunita se divirtió pensando en el pánico que embargaría al Gran Hermano, observando impotente desde la base a su mejor astronauta entrando en barrena. Quizás así se acojonarían tanto que acelerarían los preparativos para ir a buscarla. Pero Sunita Kovalenok no haría nada de eso; había sido demasiado bien entrenada como para no volverse loca en el más absoluto silencio.

Ahora Sunita se imaginaba en la iglesia de Stolbishchi. Era un lugar húmedo y poroso, que exhalaba pobreza por los cuatro costados. Las imágenes habían sido robadas y se sustituyeron por otras más baratas, que ni siquiera se pudieron pintar porque no había dinero. La madera crujía al unísono cuando los feligreses hincaban las rodillas y se inclinaban ante su dios. Hombres y mujeres vestidos de calle, cuya vida transcurría sin el mayor apego a un principio profundo, adoptaban una actitud humilde y rogaban, sobrecogidos, a la amplitud de una idea más grande que todos ellos. Y ahora Sunita, con su traje de astronauta, se veía también hincando sus rodillas en el mismo madero podrido. Había dejado su casco en el banco y miraba a Dios directamente a los ojos, de igual a igual. Buscaba la mano de su hijo pero no estaba, y tampoco su madre; solo los vecinos anónimos de Stolbishchi y el cura de negro púrpura, envuelto en sombras tras el altar. Sus palabras sonaban tan frías y húmedas como el moho que avanzaba por las paredes agrietadas, hablando del principio de la civilización y Sunita en el justo extremo opuesto, al término de lo conocido, en su último punto. George merecía algo más que una bolsa y su lenta descomposición, y mucho más que el desfile de banderas y bayonetas que le deparaba el gobierno de América. George, hijo del sol, no tienes por qué conocer la descomposición; que el frío te petrifique en tu viaje infinito por el espacio, vestido con el traje de gala, los brazos en cruz, las piernas bien estiradas, hasta hacerte polvo contra la estrella más cercana. No la conocería Sunita, en el mejor de los casos.

Se estaba haciendo tarde. Sunita dio un soplido y el hechizo se deshizo. El crucifijo salio levemente propulsado y flotó lentamente por el habitáculo, hasta golpearse contra una superficie, y seguir girando con parsimonia. Stolbishchi. Stolbishchi. Stolbishchi. Ahora Sunita tenía una cruz negra tatuada en la cara.

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Cruce de paraísos

Diciembre 5, 2007 · 3 comentarios

Cuando uno vive en el extranjero, y cambia de ciudad o país con frecuencia, necesita creer que hay un lugar en el universo donde las cosas siguen exactamente igual que en sus recuerdos. De cumplirse los deseos de esta clase de ciudadano, cada sitio quedaría congelado en el tiempo al punto de abandonarlo para emprender una nueva vida. Por eso cada vez que da marcha atrás no puede sentir más que irritación; nada está como antes, y las personas que conoció se han disgregado o ya no albergan hacia él los mismos sentimientos. Quien ha ordenado toda su memoria en compartimentos estancos con nombre topográfico (él de Huston, la de Austin, cuando en Monterrey…) acaba creyendo en su derecho de exigirle al tiempo que sea como el espacio: una dimensión por la que avanzar y retroceder libremente, sin estaciones fantasma ni engorrosas pérdidas de equipaje.

Si alguien, en cambio, decide establecerse en un lugar para siempre, lo que más odia es el inmenso estatismo con que la vida se sucede. La vida debería ser más vertiginosa, aportar al individuo savia nueva para alimentar las ilusiones. Pero ciertamente cae en marasmos que pueden durar décadas, y uno se ve obligado a tomar decisiones extravagantes, cuanto menos ingeniosas, para agitar un poco ese océano de tranquilidad.

Lo contradictorio de ambas posturas queda perfectamente ilustrado por Rodolfo Valente y su madre, Elena Manzanares. El día después del fin del mundo, ambos escenificarán la última escena de un drama que les ha ocupado el último tercio de su larga relación filial. Durante la representación ha habido que alimentar el fuego de la tragedia, así que el escenario se ha ido vaciando de hermanos (que se desentendieron de la familia), padre (fugado con una enfermera), amigos (casados). Y la ciudad natal se ha transformado o estancado, según la piense Rodolfo Valente o Elena Manzanares. Nadie podría decir cuál de los dos fue más obstinado en ser feliz sin pensar en el otro.

La casa familiar era un chalet de la hostia de unos trescientos metros cuadrados, situado en la cresta de una loma que domina las vistas de Monterrey. Los años dorados de bulliciosas peleas a cuatro bandas en la cocina eran solo un recuerdo, y se había vuelto obligado tomar conciencia de esa odiosa expresión; el nido se había vaciado, los poyuelos habían ahuecado en ala. El lujurioso mutis de papá Valente había dejado a Elena Manzanares nadando en un infinito mar de espacio.

De todos los hijos solo uno permaneció fiel a la memoria de aquel hogar, si bien los otros trataban de sacudirse la mala conciencia invitando a la madre a pasar temporadas con sus nuevas familias, al otro lado de la raya del Río Bravo. Pero Elena jamás había viajado a los USA y no tenía intención de empezar a hacerlo (un país peligrosísimo para un mexicano, se decía), así que solo se veía con Rodolfo Valente, quien no solo no la obligaba a viajar sino que además se negaba a verla en cualquier sitio que no fuera aquella casa, excluidas también las calles y locales circundantes. “Tú y esta casa sois mi única patria”, le espetaba Rodolfo en algún momento de la visita. A Elena siempre se le sonó como una amenaza.

Rodolfo Valente volvía cada año aproximadamente, y su memoria petrificada era sensible al más mínimo cambio que sufriera la casa. De la misma manera odiaba cualquier cambio que sufriera su madre, y por encima de todas las cosas odiaba la creciente afición de Elena Manzanares por las disciplinas de inspiración oriental. Por su parte, Elena Manzanares ya no se engañaba a sí misma: su hijo le caía cada día peor. Claro que le quería, y eso era lo más fastidioso. Su amor hacia él venia siendo acarreado como un balde de agua bailón que se va derramando por el camino, y antes de llegar a término hay que volver a llenar. Cada visita la dejaba tan seca que tardaba semanas en poder volver a hablar con él por teléfono.

Al principio, todo cambio quedó pospuesto para ese hipotético momento en que Rodolfo se casara, o madurara de una puta vez. Tal y como él quería su cuarto quedó como el mausoleo de un muerto, igual que esos dormitorios de músicos o pensadores célebres que se trufan de objetos personales para solaz de los visitantes. Las pantuflas alienadas con la cama, y el albornoz colgado detrás de la puerta, con un pañuelo de tela sobresaliendo de su bolsillo. Los libros y los comic de la infancia en la pesada estantería, junto a los viejos juguetes rescatados por el hijo, para mayor celebración del paraíso perdido.

Luego las cosas empezaron a ir mal para Rodolfo, quien achacaba sus males a la filosofía oriental. No tenía nada en contra, le decía a su madre por teléfono, e incluso encontraba algunas cosas beneficiosas e interesantes, pero nunca en su extremo, siempre en determinada medida… A cada regreso lo primero era recorrer la casa gritando “¿Qué has quitado, qué has quitado?”. Un año desaparecía una cómoda, al año siguiente los cuadros de las paredes, al año siguiente el salón al completo. Después seguía un sombrío almuerzo en que Rodolfo trataba de traslucir todo el peso de su desacuerdo, y Elena, todo el volumen de su indiferencia. La casa se fue vaciando.

Por su parte, Elena Manzanares cada vez seguía con más devoción las enseñanzas de su profesor holandés de yoga, un individuo que pasaba cuatro meses al año en una tienda de campaña en el desierto de Sonora, ocupando gran parte del día en limpiarse los mocos con un cordón que se metía por la faringe. Como él, Elena también había resuelto recorrer el camino inverso al de los faraones. Si ellos pasaban a la ultratumba acompañados de riquezas y séquitos embalsamados, ella pretendería el karma eliminando todo aquello que no fuera estrictamente necesario. Y nada ni nadie es estrictamente necesario si uno es lo necesariamente estricto, le dijo a Rodolfo un día por teléfono. Luego se deshizo del teléfono.

El día después del fin del mundo, Rodolfo tomó el primer avión para Monterrey. Se había pasado la noche envuelto en pesadillas, en las que aparecía su perro muerto Sputnik perseguido por enormes sapos y dragones de Komodo, finalmente devorado ante la impotencia de su dueño. Un oscuro presentimiento le acompañó durante todo el viaje, pero no se materializó hasta el mismo momento en que abrió la puerta de su antigua casa. Allí no había nada. La casa entera estaba vacía. Ni un mueble, ni un cuadro, ni un libro. Tampoco en su habitación. Solo paredes. Y Elena Manzanares sentada en el suelo del salón, conservando con perfecta serenidad la posición del loto. El día después del fin del mundo su mente había alcanzado la vacuidad total, el vaciado definitivo donde lo viejo se desvanecía y nada nuevo podría arraigar. El mundo entero ausentado y ella se veía flotando en medio del vacío, expandiéndose en el tiempo y meditando con el maestro Deshimaru.

Rodolfo no volvió a Texas. Se fue a vivir a un parque, el mismo de sus juegos de infancia. Por las mañanas va al vertedero del distrito. Allí pasa las horas, rescatando objetos que nunca le han pertenecido.

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Boxeo sobre hielo: la juventud fragmentada

Diciembre 2, 2007 · 3 comentarios

¿Qué es la juventud? Para empezar una palabra que hace viejas las bocas de quienes la pronuncian, porque un joven jamás la usaría para referirse a lo suyo. Hablar de los jóvenes implica aludir a un cosmos diferenciado del propio, del que se es capaz de distanciarse lo suficiente como para reflexionar. Así uno descubre un día lo que le llevó a apasionarse por una determinada música, unos determinados viajes, unas determinadas historias, en ese momento de la vida en que un solo libro o una canción pueden cambiar nuestra manera de mirar el mundo. Al leer Boxeo sobre hielo (Berenice, 2007) he vivido esa extrañeza; la de tener entre mis manos algo que correspondía a la perfección con esos gustos míos de juventud, que ahora no puedo evitar mirar con cierta nostalgia.

Hay algo compartido entre, por ejemplo, Rayuela y Trainspotting, Jim Morrison y la Naranja Mecánica, Baudelaire y los Beat, que hace que una generación tras otra vuelva a invocarlos como parte esencial de su identidad. Mitos y personajes comparten el mismo deseo de una vida vertiginosa, la necesidad de una intensidad emocional que, a través de la violencia o el éxtasis, los sitúe en el centro absoluto del instante. En Boxeo sobre hielo, Mario Cuenca Sandoval vuelve a trasladarse a esa experiencia; los habitantes de su novela emprenderán el viaje sin retorno que agotará su esencia y luego desaparecerán o se convertirán en carcasas vacías, imágenes fantasmales de un destino colmado en toda su tragedia, solo recuperable a través de la memoria.

El encargado de hacerlo será el hijo de los dos protagonistas; su padre, el Loco Larretxi, es un célebre boxeador con una atribulada vida interior, incapaz de integrarse en el sofisticado mundo de la jazzista Margot, musa de un reducto de la psicodelia en el sombrío Madrid del tardo franquismo. Entre ambos surge un amor imposible que enfrenta no solo a dos personalidades sino a dos imaginarios difíciles de conciliar. El Loco se nos presenta como un calco bastante aproximado del boxeador consolidado en la tradición fílmica, salvo por algunos matices originales (como su tendencia a mentar dioses hindúes de séptimo nivel), mientras que Margot aparece como la idealización blues del músico etéreo, en perpetuo estado de inspiración, que personalmente identifico con la versión del artista que propagan medios promocionales como el video clip. Lo que se anuncia aquí no es tanto una falta de verosimilitud, sino el deseo del autor de construir directamente desde relato ficticio, tal y como él mismo aclaraba en una entrevista publicada la pasada primavera en la revista El coloquio de los perros: con todo respeto: no me interesa el boxeo como deporte ni como realidad social. Me interesa el boxeo como territorio mítico, estético. Me interesa el boxeo en el cine y el boxeo en la literatura. No me propuse plasmar una imagen “realista” del boxeo español; no hubiera sido difícil documentarse al respecto. Pero preferí ese boxeo mítico, etéreo, irreal (sobre hielo) del que se habla en la novela.

Deberíamos preguntarnos si esta falta de interés por la veracidad no denota una superación definitiva del realismo en la nueva sensibilidad literaria. Si, como ya anunció Lyotard, hemos llegado al fin de los metarrelatos y todo discurso histórico se revela como ficticio, puede que la misión documental de la literatura carezca ya de sentido. La mera transliteración de los hechos no debería ocupar a un medio que ha de reafirmarse en su valor interpretativo, frente al avance de las nuevas técnicas audiovisuales destinadas a reproducir sin contar. A menos, claro, que uno quiera vender libros.

El caso de Boxeo sobre hielo será extremo; los personajes habitan el espacio virtual construido por la proliferación de narraciones literarias, fílmicas, históricas, publicitarias o informativas, las mismas que hoy día se interponen entre el individuo y su experiencia directa de conocimiento. Como cada vez conocemos más a través de la versión y no de la experiencia, es lógico que la literatura acabe tratando de la propia versión y reelabore una y otra vez ese cosmos autónomo. Hay momentos, ambientes y personajes en la novela de Cuenca Sandoval que nacen y mueren en el espacio ficticio, como copias que han suplantado al original en la cosmovisión del nuevo lector. El Madrid de los años 70, la cultura de la psicodelia, los escenarios del género del cine de boxeo o los suburbios de París en los años previos a las revueltas raciales de 2005; nada se reconstruye en la novela desde las fuentes originales sino desde el relato de la cultura.

El juego no es exclusivo de nuestro tiempo, pues la literatura siempre ha bebido de la literatura. Lo realmente innovador es que el público en general absorba tal cantidad de relatos periodísticos, narrativos o publicitarios, que estos hayan cobrado más importancia en nuestras vidas que la experiencia directa. La nueva novela también se ha convertido en un espejo de esta nueva forma de conocer a través de esos miles de pequeños relatos que van asaltándonos cada día sin solución de continuidad. Boxeo sobre hielo sigue la senda de obras como Mantra o Nocilla dream – por citar las más célebres de la literatura en español – que deconstruyen la historia lineal en un transcurso de fragmentos donde las tramas principales conviven con contenidos independientes, que vienen a sumar significado pero no argumento. La brevedad de muchos de ellos, que no sobrepasan el párrafo o la línea, provoca en el lector una interesante sensación; si el punto y aparte deja flotando la última frase, el fin de capítulo deja flotando el último párrafo. Y cuando la novela entera se compone de pequeños capítulos, la novela entera flota. La fragmentación permite disfrutar una y otra vez del estruendoso vacío que llega tras la cesura, abasteciendo de profundidad lo dicho, a menudo no tan vital ni profundo como su eco en el silencio.

El caos resultante también puede estorbar a algunos nostálgicos; las impecables lógicas de la novela tradicional son denostadas porque la novela fragmentaria no siempre trabaja a nuestro favor sino también en nuestra contra, obligándonos a reconstruir y a asociar los materiales que se suceden en un orden aparentemente caprichoso. Mario Cuenca Sandoval llevará esta guerra contra la causalidad hasta sus últimas consecuencias, a menudo bordeando los límites de la mala calidad literaria; hay cierta falta de respeto por la coherencia de sus personajes, bastante más ilustrados de lo que les correspondería por naturaleza; se introducen pequeños ensayos que no acaban de justificarse y a mitad de camino la novela pasa de una narrativa de acción a la literatura del yo, mucho más introspectiva. Pero el regusto final es que Boxeo sobre hielo camina en la misma dirección que algunas de las obras más innovadoras de la literatura en español de los últimos años, y que son estos ejercicios de riesgo los que suman para el avance de las artes.

Hacia el final de la novela, Cuenca Sandoval recoge unas líneas del diario de Scott, el líder de la expedición que coronó en segundo lugar el centro geográfico del Polo Sur:

“¡Dios mío! Este es un lugar horrible, más horrible aún tras haber trabajado duro y no recibir al menos la recompensa de ser los primeros”

Afortunadamente, en el caso de la literatura, los segundos también deberían tener recompensa.

* Este artículo pertenece a Afterpost. En caso de cita, por favor, especifique la URL de Afterpost: http://afterpost.wordpress.com/

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“46º 16´8 N, 86º 40´2 E

Noviembre 26, 2007 · 1 comentario

El día después del fin del mundo Wang Taku, de siete años de edad, caía muerto en uno de los puntos más remotos del planeta. Solo los nómadas conocían aquel lugar y aún faltaban muchos meses para que volvieran a cruzarlo con su ganado. Wang Taku murió en la soledad más absoluta.

El padre de Wang Taku trabajaba como ingeniero del Estado, y se pasaba la vida sobrevolando China para evaluar la apertura de nuevos parques industriales. Cuando Wang Taku tenía vacaciones escolares, el señor Wang compraba un pasaje de ventanilla y se llevaba a su hijo consigo. Aquellas experiencias fugaces a diez mil metros consistían la única enseñanza que podía aportarle el señor Wang, pues la vida doméstica y todo lo demás quedaban fuera de sus dominios, compuestos de kilómetros de cielo y ciudades que emergían de la noche a la mañana. No hace falta decir que el niño Taku se había vuelto especial de tanto viajar con su padre.

Apenas habían transcurrido dos horas desde el despegue cuando el vuelo cz6130 con destino Pekín comenzó a caer. En la cabina de primera clase, una gran pantalla mostraba un mapa de China atravesado por un diminuto avión que dejaba tras de sí un rastro de líneas intermitentes. El señor Wang intentó ubicarse en ese tosco diagrama; debían estar cruzando el desierto de Dzoostor Elisten, en el altiplano de la región fronteriza de Uigur de Xinjiang. Un lugar sin un solo tramo de asfalto, donde también se encontraba el punto geográfico más interior de la Tierra. Si hubiera prestado más atención a este lugar – pensó el ingeniero Wang – quizás hubiera podido planificar la construcción de un aeropuerto. No era muy común que el señor Wang encontrara una utilidad humanitaria a su trabajo.

Las mascarillas de oxigeno cayeron sobre los asientos, y las azafatas corrían de un lado para otro intentando aplacar a los pasajeros. Una de ellas se dirigió al señor Wang:

- Lo lamento, señor, pero su hijo debe cambiarse de asiento. Las salidas de emergencia han de quedar completamente accesibles. Es por su seguridad.

Había que confiar en los técnicos, se dijo el señor Wang. Aunque la técnica fuera contra los deseos del hombre, o de un padre que no quiere separarse de su hijo. Era él y no Taku quien se sentía solo en la vida y de ahí estos viajes que no podían tener ningún sentido para el niño; y por lo mismo, era el señor Wang quien necesitaba una mano a la que aferrarse en estos momentos. Siempre le había horrorizado la idea de enfrentarse a solas con la muerte.

- ¿Cómo te llamas?- preguntó la azafata.

- Taku.

Su padre le desabrochó el cinturón.

- ¡Pórtate bien!- le dijo- Sé valiente.

Wang Taku siguió a la azafata hasta un asiento libre junto al pasillo. A su derecha un hombre había vomitado en el suelo y miraba un vaso que sujetaba entre las manos, cuyo líquido se derramaba en sus pantalones sin que hiciera nada por evitarlo. Pero lo más extraño era el rostro de la persona del asiento contiguo. Las gomas de la mascarilla formaban en su rostro las hendiduras de una ancha sonrisa, y sus ojos, semi ocultos tras unas gafas oscuras, parecían perdidos en el aire indiferente de la droga.

- ¿Sabes inglés?- le preguntó- ¿Puedes explicarme que está pasando?

Taku no respondió. Ahora el avión caía mucho más deprisa, y el fuselaje se estremecía aullando contra la resistencia del aire. Al otro lado de las ventanillas las alas oscilaban furiosamente, como si en un intento desesperado el aparato quisiera aletear para levantar el vuelo. Los auxiliares habían desaparecido y cuando el equipaje comenzó a volar por los aires ya nadie reprimió su pánico. La violencia del sonido del avión contra el viento ahogó los gritos, negando así cualquier posibilidad de comunicación, y los pasajeros solo podían mirarse entre ellos, espolear su propio espanto a través de la contemplación del espanto de los otros. El señor Wang, en cambio, se fijaba únicamente en Taku, que lo observaba desde el otro extremo del pasillo. Esa mirada de incomprensión en la distancia fue lo último que compartieron.

El vuelo cz6130 con destino a Pekín tardó doce minutos en estrellarse desde que inició su descenso. De los 238 pasajeros, Taku fue el único que en el momento del impacto no tenía puesto el cinturón de seguridad (fue culpa de la azafata, impaciente por correr a abrocharse su propio cinturón). Las leyes de la física lo habían respetado de una forma extraña, arrojándolo al exterior cuando los demás se pulverizaron en un amasijo de acero, carne y aluminio.

Cuando Taku volvió en sí, sintió el tacto de la tierra bajo su cuerpo. Un viento gélido hería su piel empapada de queroseno. Frente a él se extendía un páramo interminable, apenas cubierto por hierbajos quemados por el frío del invierno. Solo a lo lejos unas montañas negras marcaban un límite, irguiéndose entre las nubes que recorrían velozmente el horizonte.

Taku pudo levantarse y dar unos pasos antes de oír la explosión. Pudo correr unos metros antes de que las llamas lo alcanzaran, e incluso después, rumbo a las montañas celestiales de Tian Shan, hasta que el dolor lo devolvió a la tierra.

Desde sus alturas quizás los dioses de la leyenda hubieran podido observar aquella figurilla ardiente, recrearse con la belleza atroz de su cuerpo incendiado en medio del más absoluto silencio. Solo ellos y el señor Wang hubieran podido maravillarse del lugar donde finalmente cayó Taku, lamido por las lenguas azuladas del queroseno, que no se extinguieron hasta mucho después, cuando el niño ya no era más que una momia negra que el invierno acabaría petrificando.

Muchos años después, el etnógrafo de un equipo de documentales haría la siguiente anotación:

“46º 16´8 N, 86º 40´2 E. Hoy llegamos al punto terrestre más alejado del océano. Curiosamente, los nómadas han levantado un hito en el lugar sin conocimiento alguno de este hecho, que difiere de los otros de su ruta hacia las montañas Tian Shan por estar construido con trozos de fuselaje de un 747. Según un cuento infantil, un niño fue aquí castigado por los dioses cuando trataba de huir del fin del mundo.”

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La devaluación del franco

Noviembre 19, 2007 · 2 comentarios

Hubo un grupo de personas que entendieron a la primera lo que significaba el fin del mundo. Se hacían llamar los Sin Dinero, y vivían en un cuartel abandonado en medio de los bosques de la isla de Córcega. Aquel día los Sin Dinero fueron casa por casa invitando a la gente a que quemara su dinero. Y la gente los siguió. Llegaron al cuartel en coches, motos, a pie y en bicicleta, con fajos de billetes a cada cual más enorme. Hicieron una gran pira de fajos y le prendieron fuego. Nadie había olido antes el olor del dinero quemado. Pero todos coincidieron. Olía a mierda.

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El semáforo negro

Noviembre 17, 2007 · 3 comentarios

El día del fin del mundo, Alvy Singer se pasó toda la mañana pensando en la palabra subsahariano. Jamás la había escuchado hasta que llegó a Alemania, y tardó unos cuantos meses en darse cuenta de que era la palabra que utilizaba la gente amable cuando querían decir negro.

A su lado dormía Susan. Susan era una mujer muy grande; debía pesar alrededor de unos ciento veinte kilos. Y su piel era blanca como la leche.

Susan era una preciosidad, pensó Alvy mientras la miraba dormir. Y no es que fuera condescendiente con los gordos. La gordura extrema era una deformidad tan repugnante como cualquier otra. Pero es que Susan era una de las personas más bellas y morbosas que había conocido. Y era precisamente su enorme tamaño lo que la hacía tan especial.

Todos los negros de la ciudad conocían a Susan, y todos los negros de la ciudad se conocían entre ellos. Era una ciudad de blancos. Había venido siendo una ciudad de blancos desde su fundación, ya antes de los romanos. Dios, pensó Alvy, y lo seguirá siendo. Porque nosotros, los negros de esta ciudad, acabaremos siendo blancos. Aquí los negros se vuelven blancos, no hay otra explicación o solución posible.

Alvy tenía resaca, y estaba bastante incómodo. La cama era muy pequeña y Alvy era una persona corpulenta. Debían formar un cuadro bastante cómico; ella tan grande y tan blanca, y él, tan negro y tan corpulento, en ese diminuto catre. Pero Alvy no quería irse; no hasta que Susan se despertara. Quería volver a hacer el amor con ella antes de volver a su casa. Así que Alvy siguió pensando.

Eran pocos los negros de la ciudad, y se conocían todos. Contrastaban tanto como el brazo de Alvy rodeando el lechoso vientre de Susan. Eran más visibles que los semáforos; su negritud parecía refulgir a varios centenares de metros. Y era algo que Alvy no podía soportar, estar siempre rodeado de blancos. Todo el puto día rodeado de blancos. No es que tuviera nada en contra de los blancos, como tampoco tenía nada en contra de los fontaneros, o de las personas mayores de sesenta y cinco años. Eso no determina el fondo de las personas, concluyó Alvy. Pero tanto blanco era una auténtica jodienda. Y los días como hoy, que se había despertado en casa ajena y no podría ducharse, ni peinarse, ni cambiarse de ropa antes de salir a la calle, se iba a sentir realmente incómodo. Sentiría como las personas le miran, se giran molestas por el olor rancio que desprendía su cuerpo. La gente le miraría en el autobús, muy discretamente. Llamaría la atención.

Podría decirle a Susan que le acompañara. La invitaría a comer. Así, yendo con ella, se sentiría menos incómodo.

¿No es increíble que yo sea así?, pensó Alvy. A veces se escandalizaba a sí mismo. Pero lo cierto es que le hubiera encantado que Susan le acompañara a casa porque así le prestarían menos atención, pasaría más desapercibido. Y si había algo que odiaba Alvy era llamar la atención. Desde pequeño había sido tímido.

Pero Susan no le acompañaría, y Alvy lo sabía. Se lo habían dicho sus amigos, que también se habían acostado con ella. Susan era la joven hija de unos agricultores adinerados de un pueblo de Leipizg, cuyo nombre solo podían pronunciar los del propio pueblo. Había venido a la ciudad para aprender idiomas y luego decidió quedarse a vivir, sin más ocupación aparente que salir por la noche a bailar y acostarse con el mayor número de negros que fuera posible. Uno siempre la podía encontrar en El Savor, la única discoteca de salsa que había en la ciudad. Llegaba sola, cuando apenas había gente, y se sentaba a tomar una copa con los camareros. No bebía mucho, Susan. Lo justo, pensó Alvy. Posiblemente no tenga tanta resaca como yo, y quiera volver a hacer el amor conmigo.

El bulo se había extendido por toda la ciudad. Un bulo de negros, se dijo divertido. En ese momento Susan se movió un poco. Alvy se tuvo que agarrarse a las mantas para no caerse al suelo. Casi se parte de risa pero se mordió los labios. No quería despertarla. No quería que ella le preguntara por qué seguía allí, y luego continuara durmiendo. No, esperaría a que ella despertara espontáneamente. Así estaría de buen humor y podría hacerle el amor. Solo de pensarlo ya se estaba empalmando otra vez.

Subsaharianos. Había pocas cosas que los negros de la ciudad tuvieran en común, excepto esa palabra. Aunque refulgieran como putos semáforos entre tanto blanco, lo cierto es que no eran más afines que cualquier otro grupo de extraños escogidos al azar. Así que cada vez que un negro pesado se acercaba a hablar con Alvy solo porque él también era negro, Alvy le soltaba la historia de Susan. ¿Qué otra cosa se podía decir?

Susan se había convertido en una leyenda urbana, siempre en la misma discoteca, esperando a algún negro para acostarse con él. Allí podías ir a buscarla, y si tenías suerte y no había a la vista otro morenito más guapo y simpático que tú, te acostarías con ella. Y mira por donde que hoy era él, Alvy, quien había conquistado la cama de Susan. ¡Ya formaba parte de la leyenda! Alvy se mondaba solo de pensarlo. Lo único que quería volver a metérsela hasta dejarla completamente rellena, oírla cantar la Traviata como la noche anterior.

Una lástima que luego tuviera que volver a su casa, ya se lo habían dicho sus amigos. Y tendría que tomar el autobús con esa facha. Todo el mundo le miraría. Igual que a un puto semáforo negro. ¡Qué pereza da siempre ser negro!, pensó Alvy. Y ya no pudo más: se descojonó.

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El último en enterarse

Noviembre 15, 2007 · 2 comentarios

Kim Schulte, profesor asociado del departamento de Lenguas Románicas de la Universidad de Exeter (Inglaterra), no se enteró de que el mundo se había acabado hasta bien entrada la tarde del día siguiente. A menudo, si se quedaba bebiendo hasta tarde o pasaba algunas horas con sus amigas estudiantes, volvía a su despacho, se tendía vestido en la moqueta y se echaba a dormir. Era envidiable su capacidad de quedarse dormido en casi cualquier parte.

A veces, los profesores iban a trabajar a sus despachos el fin de semana, así que nadie se extrañaba de ver al Dr K.Schulte saliendo de la facultad a buena hora de la mañana, un sábado o un domingo. A lo sumo pensarían “¡Hay que ver el bueno de Kim, lo que madruga!”.

Sin embargo la noche anterior había sido larga y regada en alcohol, y Kim no salió de su despacho hasta casi las cuatro de la tarde, cuando la luz otoñal ya languidecía por el oeste.

El Departamento de Lenguas Modernas de la Universidad de Exeter se halla en una bonita colina llena de árboles y prados de césped recién cortados, surcado por pequeños caminos que serpentean entre jardines, edificios de ladrillo y pistas de tenis. No había nada sorprendente en que el campus estuviera desierto (era fin de semana); lo que a Kim le extrañó (y más tarde comprendería por qué) fue la tremenda sensación de soledad que le invadió de repente. La luz parecía caer y remansarse en el suelo como una lámina de agua vaporosa, y las hojas secas flotaban y se balanceaban lentamente, aunque si uno se detenía a observarlas (y K.Schulte sí lo hizo, un par de veces) descubría que estaban quietas.

Kim miró su reloj; las cuatro y cuarto. Por alguna razón, aquello no le dijo nada. No tenía planes, ni persona alguna que le esperara en su remota casa de las afueras, ¿por qué iba a tener prisa? Tenía todo el tiempo del mundo. Y efectivamente; a Kim no le faltaba razón.

- No es que no tuviera prisa- contaría Kim más adelante- es que no tenía ninguna prisa. Ninguna prisa inmediata pero tampoco ninguna prisa a corto, medio o largo plazo. No me angustiaba el paso del tiempo, y por primera vez sentí que el tiempo no me atravesaba, no pasaba a través de mí. Miraba el reloj y no significaba absolutamente nada. El tiempo se había convertido en una lengua extraña para mí. ¡Para mí, que las conozco casi todas!

Debajo de la colina, en la última curva del camino que conecta el campus con la ciudad, una única ventana brillaba tras la caída del atardecer. Era la ventana de un pub. La luz también salía por las rendijas de la puerta de madera y sus cristales, que se habían empañado, aún dejaban ver el interior acojinado, la toalla en la barra empapada de cerveza tibia. Parece un lugar confortable, pensó Kim, antes de entrar. Al fin y al cabo, no tenía ninguna (ninguna) prisa.

Solo había un hombre, sentado en un taburete junto a los grifos de cerveza, encorvado frente a su bebida. Kim se sentó en el otro taburete y esperó a que viniera el camarero.

- ¿Quiere una pinta?- preguntó el hombre. Alargó su inmenso brazo hasta el estante del otro lado de la barra, tomó un vaso y sirvió una pinta.

Kim dio las gracias. Era una buena cerveza.

- No hay mucha gente por la calle- dijo el hombre.

Un tío corpulento, pensaría Kim, de unos cuarenta y tantos. Probablemente trabaja con las manos.

- Supongo que es normal –prosiguió- pero yo me he dicho, ¿qué voy a hacer en casa? ¿Acaso no he bajado al pub todos los sábados a las cinco de la tarde desde hace más de diecisiete años? ¿Por qué iba a ser hoy diferente?

- Claro, porqué iba a ser diferente - masculló Kim, casi automáticamente. Aquel hombre parecía sudado.

- Hombre, podría ser diferente – dijo el hombre.

- ¿Y por qué?- preguntó Kim más interesado.

El hombre grasiento le miró de arriba abajo.

-¿Pero de dónde sale?- dijo el hombre- ¿Es que no se ha enterado?

- ¿Enterarme de qué?- preguntó Kim.

- ¡Vaya, joder!- dijo el hombre- ¡Debe ser la única persona! ¡Se ha acabado el mundo, amigo, se ha acabado el mundo!

- ¿Ah sí?- dijo Kim. Tomó su cerveza y dio un largo sorbo. Muy lentamente. Siguió tragando hasta que no quedó nada. Media luna de espuma se le quedó prendida en la pelusilla de los labios.

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