¿Pero de dónde sale?- dijo el hombre- ¿Es que no se ha enterado? ¿Enterarme de qué?- preguntó Kim. ¡Vaya, joder!- dijo el hombre- ¡Debe ser la única persona! ¡Se ha acabado el mundo, amigo, se ha acabado el mundo! ¿De veras?- respondió Kim. Luego tomó su cerveza y dio un largo sorbo. Muy lentamente. Siguió tragando hasta que no quedó nada. Media luna de espuma se le había quedado prendida de la pelusilla de los labios.
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el-espigado-una-nouvellita-vaga.pdf
Miguel decidió ser Espigado. Cuando uno se marcha a otra ciudad, abre la maleta y elige lo que necesita y de lo que puede prescindir. Si, por ejemplo, va a tener novia – la misma novia-, si va a dejar de ser un vago, si va a dejar de beber, si va a dejar de enloquecer, si va a dejar de escribir, si todo seguirá como siempre. No somos indivisibles. Somos despedazables. Y cada una de nuestras partículas- o de nuestras circunstancias, siguiendo a Ortega- es tan prescindible como cualquier otra, siempre que no se prescinda de todas a la vez, en cuyo caso, llegaría la muerte. A través de estas y otras metáforas similares (viajar, mudar la piel, etc) Miguel llegó a la conclusión de que alguien en pleno uso de sus facultades abre la maleta y elige qué circunstancias mantiene y qué huecos deja para nuevas circunstancias. Por todo ello decidió llamarme Espigado ¿O quizás no?
3 respuestas hasta el momento ↓
Arita // Abril 15, 2008 en 10:01 am
Lo de Bolaño quiza si que sea muy largo… no porque estés perdiendo a Antonio, no porque al artículo le sobre ni una coma. Tiene más que ver con que supongo que te has decantado por un Blog muy especializado? En todo caso ya sabes leer en pantalla a no ser que estés acostumbrado es complicado.
Besos
Espigado // Abril 26, 2008 en 9:37 am
Es verdad Arita, que leer en pantalla es complicado, pero hay algo todavía más complicado: publicar en papel. Somos los Grotowskis de la narrativa, y a mucha honra. Besote, hermanita
emilia // Junio 11, 2008 en 8:41 am
Hola Elespigado:
En los trozos de mi corazón hay uno de un niño que me inventaba chistes de animales y me hacía reir de ternura. Y, aunque se vaya, sigue ahí.
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