Hoy he cumplido un sueño:
Verme en un hotel de ruta, con mi guitarra Fender, rumbo al siguiente bolo.
El hotel Risco es un lugar bizarro, de banderas raídas en su fachada y un hilo musical que oscila entre Julio Iglesias y temas de Vacaciones en el Mar. Sus sillas de madera al estilo feudal se rodean de candelabros con bombillas en forma de vela, tapetes chinos y empapelados de rayas descoloridas. Ahí fuera luce el sol, pero en el hotel, asentado, como su nombre indica, en una cornisa que cuelga sobre la bahía de Laredo, se deja sentir la humedad de la roca (y cuando la señora de la limpieza abre el cuarto de las escobas, puedo ver que las paredes de éste son de roca desnuda); los hoteles y su virtud de congelarse en el tiempo, con las galas con las que intentaban seducir a clientes hace 30 años. Cuando uno paga por un hotel bueno, en realidad está pagando por la normalización. Con su propia época, con el gusto universal. Y cuanto más barato es, más cerca se está del lugar que se visita, y más lejos del presente.
Antes de este viaje, solo había estado una vez en Laredo. Un colega y yo recogimos a otro colega que acaba de terminar de currar en la vendimia de La Rioja. Nos metimos en un camping, y nos pasábamos el día durmiendo en una furgoneta, y las noches bebiendo y jugando al Magic. Cuando nos aburríamos de las cartas, nos íbamos a andar por el inmenso arenal ahora que ahora diviso desde el balcón de mi habitación. Recorríamos la playa dando patadas a un trozo de basura que nos encontramos, atraídos por las luces de una feria que se veía al otro lado de la ría. Nunca llegamos a adivinar cómo llegar sin nadar medio kilómetro en la oscuridad: esas son la clase de vacaciones que a mí y a mis colegas nos hacen inmensamente felices.
Siguiendo con mi sueño en plan hotel Chelsea, ahora es cuando debería asentarme con mi guitarra e ir ordenando al servicio de habitaciones una sucesión de pedidos estrambóticos e ingentes cantidades de whiski, para luego pasar la cuenta a mi editor con esos gastos más los de algún destrozo gratuito. Pero no lo voy a hacer; primero, porque mi editor se descojonaría de la risa según le enseñara la factura; segundo, porque los artistas ya no son lo que eran. Ayer, tras la presentación en Santander, lo hablaba con Alberto Santamaría, al hilo de Manual para embaucadores, un libro que acaba de publicar como editor en El Desvelo, escrito por Walter Serner, uno de los dadás que transitaban el Cabaret Voltaire con otros desertores de la Primera Guerra Mundial. Me volveré a acordar de Serner mientras me como un menú de 21 euros, cuando leo en el periódico local un artículo sobre las amas de cría asturianas de finales del siglo XIX, que se cruzaban España para amamantar a los hijos de las clases pudientes de Andalucía. Por el camino, llevaban a un perro pequeño al que daban de mamar para que no se les cortara la leche. Mientras en Suiza Walter Serner escribía manifiestos, en España una pasiega se cruzaba el país en el carro de un viajante dando de amamantar a un perro. Chuparos esa, dadás.
Después de la siesta, me pongo un bañador de cuadros que me ha dejado Alberto, y conduzco unos 30 kilómetros por carreteras de la costa hasta llegar a una playa. Está atardeciendo, y apenas queda algún paseante y tres adolescentes que juegan a la pelota. Para un castellano, ver el mar es siempre llegar a alguna parte. La última vez que había intentado ir a la playa, casi un año después de llegar a Pekín, unas amigas y yo recorrimos 800 kilómetros en un tren nocturno hasta Dalian, uno de los puertos más septentrionales de China, que a veces se queda aislado por los cascotes de hielo que hacen impracticable la navegación. Pero donde debía estar la playa, nos encontramos unas planchas de cemento batidas por un mar de color plomo. Luego nos enteramos de que todos los inviernos el mar arrastraba la arena, así que en verano debía ser repuesta a base de camiones que la traían desde una región que debe ser algo así como una playa del tamaño de Extremadura. Entonces me tuve que conformar con observar el batir de las olas en el hormigón, pero aquí, en Cantabria, las playas no desaparecen. Camino durante un largo trecho por la arena, excitando a las pulgas que saltan sobre mis pies. Las olas dejan su estela grabada en la larga exposición de mis fotografías. El atardecer se hunde en laderas coronadas por eucaliptos que sobresalen con un exotismo incongruente. Unas vacaciones, a punto de echar el cierre.
Por la noche, al llegar al aparcamiento del hotel, confirmo que soy el único huésped. Ahora es cuando debería coger mi Fender y componer una canción memorable, para luego meterme una sobredosis e intentarrr alcanzar a Amy Winehouse en su colocón hacia el infierno. En vez de eso, abro una lata de San Miguel que he comprado en un kiosko, enciendo un cigarro y me pongo a escribir esta crónica. Mañana me espera Roberto Valencia en Pamplona a la hora de comer, y no estaría bien morirse antes.

