Manifiesto de las abejas luchadoras
Eres una buena abeja. Conoces la diferencia entre el bien y el mal. Sigue tu instinto de buena voluntad y jamás te equivocarás.
Crees en el enjambre, por eso estás aquí. Sirve al enjambre y el enjambre te servirá a ti.
Genera toda la acción que puedas. Trabaja siempre que tengas oportunidad. Convence a otras para que trabajen contigo. Trabaja siempre para las demás.
Cree en tus ideas. Llévalas a cabo. Salta cualquier barrera, cualquier impedimento, y llévalas a cabo. Que nada te detenga.
No intentes corregir el caos. Adáptate al caos. Fluye a través de él, y traza bellos e irregulares recorridos.
No existen caminos preestablecidos. Existe un baile, que todas conocemos. Una música, que todas bailamos. Muévete al ritmo de las demás, conoce esa música mejor que nadie, y fluye a través de ella.
Somos un organismo vivo e impredecible. Un organismo hecho de buena voluntad y espíritu de acción. Un organismo que siempre prefiere el movimiento a la quietud, que siempre prefiere la acción a la parálisis. Recuerda. Nunca. NUNCA dejes de moverte. Si la música cambia, debes seguir bailando. Si la música se para, es tu turno para tomar el relevo, y hacer que todos bailen. Nunca tenemos tiempo para nada. Solo tenemos tiempo para seguir adelante.
Muévete, muévete sin parar. Si alguien quiere pararte, sortéalo. Si quieres parar a otra abeja, piénsatelo dos veces. Nunca bailes una música que solo escuchas tú. Bailamos todas juntas, pero cada cual traza una dirección, y disfruta con su libertad, con su movimiento. Respeta la libertad, respeta el espacio, respeta la originalidad del movimiento, y sigue bailando.
La música compartida te guiará a través del caos con su sentimiento, su ritmo y su melodía. Solo tienes que sentirla. Y para sentirla, tienes que bailarla. Tienes que estar convencida de su importancia, y dejar que su ritmo te envuelva hasta crear tus propios movimientos. No hay rutas preestablecidas, no hay caminos trillados, no hay movimientos obligados. Las abejas luchadoras vuelan en un enjambre endiablado de actividad, y jamás se interrumpen. No saben donde va a estar cada abeja en cada momento, pero sí saben a dónde quiere llegar. Si sientes dentro de ti los principios del movimiento, si haces tuyo ese ritmo, serás parte del enjambre que alimenta la colmena con su vuelo furioso.
Las abejas luchadoras mueren rápido, viven deprisa y nunca se detienen. No existen libros, ni escuelas, ni bibliotecas para comprender nuestro baile frenético. Si acabas de llegar, no te quedes mirando. Echa a volar. Imita los movimientos de las demás, crea tus propios movimientos, y pronto las nuevas abejas te imitarán a ti. Aquí se nace caminando, y se muere caminando. Nunca dejamos de aprender, nunca dejamos de enseñar, sabemos que nuestro tiempo es breve, y lo aprovechamos al máximo. No guardes tus energías. Cada día debe ser el día más frenético. La gravedad siempre nos arrastrará hacia el suelo, y no admitirá más que un incesante batir de alas. Así es vivir en el aire, pura libertad de movimiento y necesidad de acción continua. En el aire no hay reposo posible, y ahí es donde vivimos. Por eso nuestras vidas deben ser fulgurantes y precisas. No tengas miedo a que tu propia velocidad te abrase. Si has hecho bien tu trabajo, puedes morir tranquila. En realidad, la muerte no existe. No eres más que una célula, el organismo seguirá vivo. Quizás entonces, cuando comprendas eso, sea hora de regenerarse, y volver a nacer: otra nueva abeja, otro nuevo baile, otra nueva vida. Pero mientras estés en el aire, recuerda: todas bailamos al mismo ritmo, con el mismo sentimiento. Muévete o muérete. Si no aguantas el ritmo, muérete. Pero nunca, NUNCA detengas el movimiento. Nunca RALENTICES al enjambre. Para las abejas luchadoras, cada día es el último y el primero de algo muy grande. Vivimos en constante epifanía. Siéntete en la cúspide o retírate y vuelve cuando estés preparada.
Las abejas luchadoras no pican, porque su vida les va en ello. Pero si te sientes desesperada, si te han acorralado, si te han aislado y te ves amenazada, pica. Pica. Pica. Pica. Pica. Pica hasta la muerte. Si crees que tu fin está cerca, pica. Pica. Pica hasta la muerte.
El mundo de las abejas luchadoras es un mundo amenazado, que cambia deprisa. Es un mundo organizado y organizador, una estructuración maquinal de construcción destructiva. Su épica es la de los tiempos difíciles, los días oscuros, el avance del mal sobre los verdes valles. Las curvas, la diversidad y el caos que alegraban la vida van desapareciendo bajo enormes estructuras, manejadas por sombras que sirven a un sistema que ya solo se sirve a sí mismo. En las leyendas, en los cuentos de las abejas luchadoras, esa inmensa construcción destructora funciona como un ente de voluntad propia, formado de organismos que se nombran con siglas, y son regidos por el interminable baile de números luminosos que constituye la TORÁH bursátil. Al revés que las Viejas Escrituras, esa Torah es líquida, inestable, y está manipulada por tantas fuentes que no está controlada por ninguna, ni siquiera por aquellos a quienes más beneficia. A base de creer en ella, la nueva TORÁH ha comenzado a tener vida propia. Se ha hecho Golem. Y por eso debes crear verdor allá donde bailes. Por fortuna, existen miles, millones, cientos de millones de abejas luchadoras que nunca dejarán que este mundo se apague, y brillan con luz propia en medio de la noche artificial de los números.
En los cuentos de las abejas luchadoras, el Golem ha dejado de responder ante sus creadores y ahora sus creadores responden ante él. Ahora, los sumos sacerdotes luchan entre ellos por su favor, compitiendo por servirle nuestras vidas en bandeja. Los sumos sacerdotes, alimentados con el dinero y el poder que el Golem expulsa como detritus de su fagotización de la vida, se han convertido en pura imagen, puro dinero, pura volatilidad numérica. Sus identidades bursátiles trazan trayectorias con forma de sierra por una gráfica que siempre termina en una imparable caída. Su templo es una sede incendiada en una guerra de apretones de manos, donde cada rubrica es una bala, y cada tratado, una bomba de relojería que arde bajo los asientos, y estalla provocando un nuevo baile de sillones. Un lugar radiactivo, que corrompe la genética de todo aquel que permanece mucho tiempo en él.
En los cuentos de las abejas luchadoras, no hay héroes, porque ninguno pudo resistirse a los cantos de las sirenas. Ninguno se resistió a mirar a la Gorgona. Durante muchos años, fue ese museo de héroes embelesados o petrificados, lo único que las abejas luchadoras pudieron idolatrar, desde la nostalgia de una guerra perdida. Héroes tristes de guerras perdidas, relatos tristes. Por eso dejamos de esperar al héroe. Dejamos de creer en los héroes.
Nos convertimos en nuestro propio héroe.
Y despertamos, con un único objetivo. Arrasar el templo.
Matar al Golem.
Industriosa y alegre abeja luchadora: esa la música que bailamos todas.
Ahora EL TIEMPO fluye atrapado en el frenesí imparable de la TORÁH bursátil. Así lo expresa su credo: aceleración, crecimiento, aumento, inflación, subida, progreso, recesión, contracción, retraso. Y cuando más rápido fluyen y oscilan los números, más se ralentiza la Historia, hasta su parálisis final. Solo nos queda una posibilidad. Solo una oportunidad para hacer avanzar la Historia: liberar EL TIEMPO. Y para ello, debemos destruir el Templo. Reducirlo a ceniza. Machacar al Golem. Machacarlo, hasta que no quede nada de él.
Tu vida es demasiado corta para conocer ese final. Somos un parpadeo en una lucha que se prolongará durante decenas de vidas, de la que solo nos estará permitido disfrutar una leve sensación de avance. No te desanimes nunca, no pierdas la fe nunca, no dejes de creer nunca. Cada paso de buena voluntad, cada una de tus buenas acciones, trasmite e impulsa un movimiento que es más grande que todas nosotras, y nuestro tiempo en este mundo.