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Todo lo que usted quiso saber sobre el congreso mutante en Lausanne y nunca se atrevió a preguntar

14/05/2011

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Los escritores mutantes llegaron a su congreso en Lausanne, Suiza, en sus jamelgos desfondados, y sus blasones quedaron hondeando en el parking del campus, junto a los BMW de las becarias, los Mustang de los catedráticos, los Maserati de los marmitones. Llegaron llenos de cardos del camino, de las estepas litográficas llenas de polvo y cardos, y ellos mismos parecían litografías vivientes, negros de malas comidas y torvos encuentros.

Los suizos los recibieron con sus san bernardos con barrilitos de coñac, sus enfermeras impecables, sus cantos tiroleses. Para celebrarlo, los escritores españoles dieron unos capotazos, unas verónicas a los san bernardos, que embestían con torpe bondad las chaquetas que las mujeres de los escritores les habían comprado en las rebajas de Adolfo Domínguez, ahora llenas de babas de noble perro suizo. Alguien cantó una saeta.

Todo Lausanne estaba lleno de basura. Las calles, hasta la bandera. Qué asco, dijeron nuestros hidalgos. ¿Es que esta gente no sabe usar las papeleras? Mientras, los suizos arrugaban la nariz y comentaban, con extrema discreción “Qué asco, tenían razón nuestros viajeros, es cierto que no se lavan, qué desastrados y malolientes”.

En Lausanne haces piernas como las que pinta Robert Crumb, por sus cuestas alpinas.

Ya en la sauna, fue el momento de las redes de mejillones. Mejillones al vapor. El momento perfecto para hablar de literatura. Todos desnudos, los ordenadores se estropearon, los papeles se humedecieron, tuvieron que tirarlo todo a la estufica de la sauna, que hacía sudar a Antonio Gil y a Susana Arroyo. Todo el mundo estaba muy a gusto.”Gracias por enseñarnos a estar desnudos y cómodos”, le dijo cada español a su suizo. “Gracias por los mejillones”, respondieron los suizos, y los franceses. Manuel Vilas y Jorge Carrión se reían de sus chistes. Christine Henseler estaba fantástica, pero Mario Garvin también estaba muy guapo. Alice Pantel, y sus ideas arborescentes trepando por el Power Point hacia el cielo, estaba, sencillamente, mágica. (Esto fue ya después, en el congreso, olvídense de la sauna, la sauna estaba en cada uno de ellos, es una metáfora).

Una mariposa bate sus alas en Laussane y caen bombas de racimo sobre Marrakech. Después de la cena, los suizos, con cierta ternura, observaron que los españoles no sabían bien cómo gastarse el dinero en su país. Mirad, nosotros lo hacemos así, les explicaron: entonces se enrrollaron un turulo de cuatro billetes de 20 francos y se lo fumaron. Y así hicieron los españoles a partir de entonces. Chisporroteantes hologramas de humo ocarino, pluricolor plateado ardiendo en la disco. Uno detrás de otro, medio paquete, un paquete y medio.

Por la mañana el hotel ya había estandarizado sus olores, a un nivel muy íntimo. Se habían frotado con el mismo gel gratuito, se habían rozado con las mismas sábanas. Todas sus habitaciones eran iguales, de modo que todos durmieron en la misma habitación, en la misma cama. Esa forma de comunión iba más allá de las tarjetas identificatorias, los bolígrafos con logo y las carpetillas con adendas INFO PLUS. Fue especial. Lo juro. Fue súper especial. Se les veía más unidos. Y las calles se veían extraordinariamente limpias. Nuestra Señora la Virgen María bien podría haber descargado en ellas, soltó alguien, parafraseando a Kubrick.

Durante el viernes en el congreso las ideas ya eran como la arena del desierto. Eran como la sal del mar. Eran como el sudor. Había tantas ideas que al final nadie tenía ganas de hablar. Todo el mundo tenía ideas buenísimas, pero eso le quitaba toda la gracia. Eran ideas tan buenas las de los demás que, ¿para qué compartir las tuyas? Al final todo el mundo se calló. El viernes estuvieron todos callados. Durante varias horas. Fue una experiencia muy interesante. Una experiencia que recomendarían (quedaron en eso, quedaron en recomendarla, recomendarla a todo el mundo). Estuvieron todo el viernes callados, cada uno pensando en sus cosas.

Luego se leyeron textos mutantes traducidos al francés. Se veía que los escritores vivían sensaciones extrañas. Profundas y extrañas. Eran sus palabras, que se sabían de memoria, cobrando una sensibilidad por completo ajena. Era el francés, el francés leído por estudiantes, con unas voces tan finas que podrían doblar películas. Los franceses sí que saben leer, sí que saben dar elegancia a su lengua. La magia de la traducción. Cada escritor, y su español, su español de ERREs y EÑEs y JOTAs, su español de Armada Invencible, en la parole. Estaban fascinados por LE VERBE. Y no estaban en España, estaban en Suiza.

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