Elespigado

La cinta de Moebius (y fin)

Marzo 6, 2008 · 1 comentario

El día después del fin del mundo, como cada día después del mundo, Moebius Lazarus se dispuso a tomar parte en el singular problema de matemáticas que cada día después del fin del mundo tenía lugar en el paseo asfaltado de unos jardines cercanos a su casa. A un lado del mundo, una pequeña rotonda señalaba el fin de la carretera peatonal de 400 m de longitud que cada día del fin del mundo era recorrida por tranquilos paseantes, chicos en patines, niños aprendiendo a montar en bicicleta, gatos atados, perros sin atar, miembros veteranos de la asociación municipal de montañismo, buscadores de wi-fi, viejas ricas, fisioterapeutas de viejas ricas, viejas sin fisioterapeuta, gordas con chubasqueros atados a la cintura, moteros, ratas. Al otro lado del fin, una segunda rotonda señalaba el otro mundo de la pequeña carretera peatonal de 400 mundos que cada mundo del fin del día recorrían las ratas, los moteros, las cinturas con gordas atadas a los chubasqueros, los fisioterapeutas sin vieja, las fisioterapeutas de viejas ricas, las ricas viejas, el buscador de wi-fi, las montañas municipales de la asociación de veteranos miembros, atados sin perro, atados con gato, bicicletas aprendiendo a montar niños, patines en chicos, paseantes tranquilos.

En algún punto intermedio entre ambos extremos, Moebius Lazarus, como cada día después del fin del mundo, se dispuso a tomar parte en el singular problema de matemáticas que tenía lugar en la cabeza de Moebius Moebius en el segmento Lazarus. Mediando entre ambos extremos del nudo asfáltico y lineal de cuatro cien tos me tros – en cuyos límites- rematados por las pequeñas rotondas – había de calibrar Moebius adecuadamente las fuerzas centrípetas y centrífugas – implicadas en la rotación gravitatoria – en cuyos límites, Moebius –adecuadamente- habría de calibrar adecuadamente las fuerzas cen-cen-tri-tri-pe-fu-gas-tas e inrotadas en la gravitación rotatoria, mediaba entre ambos extremos de nudo asgáfatico y trineal de cuartocientos mertos cuios límes, albertados por peeñas roondas, inbitavan a Cornelius a taliban las fuerzas certtas y centgas impladas en la redacción grativadorga.

En algún punto intermedio entre ambos extremos, Moebius Lazarus resolvió el problema de matemáticas que siempre surgía, como cada día después del mundo, al recorrer a diferentes velocidades la traza de alquitrán delimitada por cuarteadas líneas de pintura blanca, antaño reflectante, que advertían del fin de la tierra firme y el comienzo del infinito vacío espacial donde aquel peculiar cuerpo celeste flotaba, o se trasladaba (quién podría advertirlo, en los próximos cien años), atravesando la infinita esfera, el espacio cósmico, el abisal firmamento, y en medio del firmamento, suspendido en el cosmos espacial, abovedado por el celestial infinito, la vieja pista de asfalto de los jardines cercanos a la casa de Moebius Lazarus, las cuarteadas placas de asfalto delimitadas por la pintura blanca, que servían para reconducir a buen término los razonamientos matemáticos, una vez recalibradas las fuerzas centrífugas y centrípetas, que surgían del cruzamiento en diferentes puntos y a diferentes velocidades de los diversos paseantes que, como cada día después del fin del mundo, se reunían en la cabeza de Moebius Moebius.

Categorías: El día después del mundo

1 respuesta hasta el momento ↓

  • LA MAGA // Marzo 12, 2008 en 8:29 pm

    tan solo dos palabras: gra-cias, o äi-tah
    espero tu próximo blog con las alpargatas de casa puestas

Deja un comentario