No siempre fue un hombre malo el Dr T, no en sus primeros años como director de la Residencia Psiquiátrica de San Blas. Me lo contó la Blasa, que así la llamábamos de tantos años que llevaba aquí, muchos más que el propio Dr T. Esa a la que luego se llevaron por arrancar la silicona de las ventanas para comérsela. Según Blasa, el Dr T ha dejado de creer en la humanidad, y hasta yo, que estoy loco, puedo entenderlo. Porque aquí la Locura no descansa, ni se coge fines de semana para ir a esquiar con los niños. Otros piensan que el Dr T es muy humano, porque no nos da tantas drogas sedantes como en otros lugares, ni nos aísla entre nosotros. ¡Cuánta humanidad, Dr T! Eso dicen los familiares, que pagan un alto precio para confiar a sus hijos, madres y hermanos a los cuidados del Dr T. A ellos hay que entenderlos, nos dice el Dr T, no se les puede pedir que sean testigos diarios de la depravación de sus seres más queridos. Al dejarnos aquí, nos advierte, nuestras madres, esposas e hijos han cumplido con un deber cristiano, incluso en sacrificio de su natural instinto de amarnos. No se debe permitir que se junte la paja con el heno, nos recuerda. Por eso solo una persona debe importarnos, ya que nadie nos espera.
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Cuando digo que aquí la locura no descansa pienso en la semana pasada, cuando las enfermeras sacaron algunos juegos de mesa y nos dispusieron por grupos para tener algo que hacer mientras el Dr T iba llamando a consulta. Así estaríamos más tranquilos, nos dijeron, y la cosa funcionó hasta que el Dr T llamó al primer paciente, digamos, un jugador de ajedrez, y claro, luego había que buscar a otro buen jugador de ajedrez en las otras mesas para sustituirle, y al final encontramos a uno pero estaba jugando al Estratego, y claro, tuvimos que ponernos a buscar a alguien que supiera jugar al Estratego, pero claro, el del Estratego recién incorporado participaba en una partida de parchís, así que hubo que buscar a un jugador de parchís y todavía peor, a alguien que quisiera afrontar la difícil situación por la que atravesaba el cubilete azul. En esto que sale el paciente e intentamos convencerlo de que se encargue del cubilete azul, pero él no quiere saber nada del cubilete azul sino volver a su partida de ajedrez, es más, quiere seguir exactamente desde el mismo punto en que la había dejado, y entonces tratamos de que todo el mundo vuelva a su sitio original y de que todas las partidas vuelvan a la situación justamente anterior a que el paciente abandonara su mesa de juego, algo así como dar marcha atrás en el tiempo, y entonces muchos se levantan, algunos discuten, se ha caído un tablero, las fichas han rodado por el suelo, las enfermeras tratan de calmarnos, alguien grita, alguien pega a alguien, aparecen los enfermeros.
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No, no es un gran amante de la humanidad del Dr T, ¿verdad? Puede ser un chico muy pero que muy malo. Cuando nos encierra a todos en el mismo cuarto, que es tan pequeño que ni siquiera hay sitio para sentarse, tenemos que permanecer de pie, sin comida, ni bebida, ni medicamentos. Y la verdad, no somos gente tranquila. Una vez tuvimos que hacer daño de verdad a Bobo Rob porque se había portando muy mal con la Dodotis. Le había arrancado un pedazo de nalga con los dientes, y después se llevaron la Dodotis de la Residencia y nunca la volvimos a ver, tampoco a Bobo Rob. Por eso tratamos de ahorrarle al Dr T cualquier escena que invite a tomar medidas, aunque entendemos que hay momentos en que le resulta obligado. Es natural, ya que Él nos cuida y Él nos castiga, es la ley y el orden, aquí dentro, es nuestro Padre.
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Porque el día después del mundo le pedimos al Dr T que nos salvara, que nos salvara. Y ni siquiera cuando la enfermera nos recordó a todos la triste historia de Bobo Rob y la Dodotis conseguimos calmarnos. Era el fin del mundo y debíamos portarnos mal, y nos daban igual los castigos y nos daba igual cualquier cosa, pues lo único que queríamos –y la única razón por la que le rompimos la mandíbula a la enfermera- era para que el Dr T nos echara un simple vistazo.
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Él quiso curarnos el día después del fin del mundo, y recordando las viejas historias de Blasa entonces nos preguntamos si no sería verdad que al Dr T le quedaba algo de bondad en su corazón. Aquel día a todos nos dolía algo y cada cual había contraído una extraña enfermedad, que al final resultó para todos la misma. Y en vez enfadarse por lo de la enfermera, el Dr T nos hizo pasar uno a uno a su consulta, cerrando la puerta tras de sí. Unos minutos más tarde el paciente salía y le preguntábamos, ¿qué tienes? Tengo un papiloma en el codo. Y luego entraba otro. Tengo nefritis teroidea. Y otro. Tengo pólipos en la uretra. Gastroinuglebosis. Croncardia ulcerosa. Tengo Hernia cenital. Ligadura de bronquios. Pobedo. Ahora nos enseñábamos los papeles con el diagnóstico, y algunos intentaban quitárselos, se los querían cambiar como si también pudieran cambiarse las enfermedades, hasta que el Dr T salió de la consulta y todos nos quedamos muy recogidos, en señal de agradecimiento.
-Dr T- le dije- usted nos ha dado muchas buenas enfermedades esta tarde, más de las acostumbradas.
- Te refieres a que no son las acostumbradas, muchacho- dijo el Dr T- en realidad es solo una, y tienes ante ti a su gran descubridor: ¡La enfermedad del fin del mundo!
- Y entonces, ¿A qué vienen tantos nombres?
- Me los he inventado- dijo. El Dr T se partía de risa.
- Entonces - preguntamos a coro- ¿hemos contraído otra enfermedad imaginaria?.
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Los pacientes nos arremolinamos junto al Dr T. Los enfermeros estiraban el cuello desde la distancia. Su rostro nos miraba con las cejas en alto, y sus manos, rojas y palpitantes, se habían hinchado tanto que temí que fueran a explotar. Yo me arrodillé, algunos me siguieron. El Dr T apoyó una de sus gigantescas manos sobre mi coronilla, presionándome el cráneo.
- ¿Qué vamos a hacer?- supliqué.
- Ni idea- repuso el Dr T- nadie conoce todavía un remedio para el fin del mundo.
- ¡PERO CÓMO NOS VAMOS A CURAR!
- Lo lamento, damas y caballeros- repitió pacientemente el Dr T- pero todavía no hay remedio contra el síndrome del fin del mundo. A menos claro, que sigan extrictamente mis consejos médicos…
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Se formaban unas epidemias imaginarias extraordinarias en el Hospital Psiquiátrico de San Blas.
1 respuesta hasta el momento ↓
LA MAGA // Febrero 15, 2008 en 12:02 pm
Bueno,hoy no te leo desde casita,me inmiscuyo en tu cabeza desde la oficina, y todo adquiere una nueva perspectiva, afuera parece que llega el invierno, por fin, algo así como el día del fin del mundo. Me encanta esa idea de que los movimientos cotidianos de nuestras vidas poseen su propio orden natural, que necesitamos una organización de las cosas aparentemente superficiales para poder aspirar a obras más altas, genial Miky, ese ir y venir hasta volver a encontrarse, con ese jugador de ajedrez que desea volver a la partida, en su punto exacto, con los consiguientes sustitutos de parchís, estratego y demás celosías. Y qué decir de la Blasa, la Dodotis, ese bocado en las nalgas, y finalmente, toda la retahíla de enfermedades post-mortem, post-modernistas, post-apocalipsis. Es cierto, quizás lo pequeño que pueda parecer un psiquiátrico, encierra más verdad que toda la muchedumbre y desidia exterior. Y aunque me pierdo un poco entre la consulta y la petición de cura para el síndrome, tu frase “Se formaban unas epidemias imaginarias extraordinarias en el Hospital Psiquiátrico de San Blas” vuelve a regalarme, con su estructura circular, ese dulce y generoso regusto en mi paladar…a síndrome de día del fin del mundo. Gracias por volver.
final, de nuevo, consigue
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